MIL FORMAS DE AMAR

SECCIÓN CUENTOS: EL NIÑO DE FLOR DE ALIAGA

Quise volver al recinto de mi patio, al aroma esponjoso del huerto, y a la sombra protectora de los chopos. Quise contemplar de nuevo la ribera del río en su paso dulce hacia el pueblo, donde la tierra deshecha se endurece abrazando la piedra, y quise dejar atrás la sequedad del tomillo, la embriaguez del espliego y la afilada aguja de la aliaga adulta. Llené la mesa de verdura fresca, para apaciguar el dolor de la soledad. Pero mi huerto está incendiado de desesperanza, tras tu ausencia. Mis ojos se arrasan con la mirada salobre de los prados del norte de la laguna, donde crecen juncos y puccinellia.

Te conocí en la ermita, observando zampullines, cigüeñuelas, gaviotas reidoras, patos y avocetas. Decías admirar su empeño para establecer los nidos. Me pareciste un hada, vestida de siglo XX. Piel pálida, suéter negro, ojos aguamarina. Tu boca, sin maquillaje, mostraba con precisión la línea de su contorno, dejando escapar la voz como el vaivén de las aves. Tus manos parecían flotar, ligeras, sin decidir asiento concreto. Me hablaste, sin embargo, de deseos de permanencia, de buscar nuevos bríos en este paraje distinto, para superar fracasos que conocí con el tiempo: un matrimonio infeliz y abortos en vez de hijos. Deseabas un nido lleno, como el que habita en el sacro humedal de La Laguna. Dedicamos muchas tardes, entre rutas de caminos y paseos esteparios, a ver abrir las estrellas, riendo, mano con mano. La Virgen del Buen Acuerdo, ¿habría aprobado el nuestro? No preguntamos a nadie. Yo tendría el hijo ansiado con el hombre que me amaba, pero, en clave, sería nuestro.

Ese invierno fue distinto. Por un lado, la ilusión; por otro, la ruptura —que supusimos final— de tu aciago matrimonio. Decías sentirte segura para dejar los maltratos. Con los primeros albores de la primavera, resultaste ave de paso, como la grulla o el ánade. La querencia fue más fuerte. Os convencisteis de otra oportunidad poniendo tierra por medio de todo lo conocido.

 

Pese a cuantos me acompañan, quedé sola en la laguna. El aire se hizo tan denso que a duras penas llegaba a darme aliento. El niño tiene los ojos de su padre… con tu mirada. El rizo de su pelo lleva impreso mi color… pero mantiene tu tacto. Su boca sigue la línea de un dibujo genético, pero habla y canta desde la melodía de tu voz. Y, cuando yo estoy triste, él tiene asma.

 

Ahora sé que tu partida era inevitable, que lo nuestro fue un sueño. El tiempo, con parsimonia, remienda las cicatrices; aunque, absorto en su incansable ciclo, no se ha dado cuenta de la secuela de aquel dolor infinito: ya no miro las estrellas, ni aguardo saber de ti. Solo La Laguna sabe de aquel anhelo imposible. Al menos, el hijo existe, sirviendo, como la aliaga tierna, de esperanza amarilla en el desierto del sentimiento.

 

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