EDUQUEMOS EN LA DENUNCIA Y ACABAREMOS TODOS EXPULSADOS

RESUMEN: Educar en convivencia escolar implica el conocimiento de la realidad de ese particular contexto. Nuestros hijos y alumnos están de forma obligatoria conviviendo durante años con muchas personas entre las que pasan gran parte de las horas del día. Procurar un entorno seguro y positivo para ellos tiene más que ver con educar en democracia, objetividad, empatía y compromiso con las buenas acciones, que con listados de faltas, castigos y denuncias que deben quedar para las situaciones más graves e inevitables.

 

TEXTO:

Llevamos el castigo grabado a fuego. En los dos últimos Institutos de Secundaria que visité para explicar en qué consistía la filosofía de la mediación en los colegios, los chicos y chicas adolescentes me respondieron con el mismo escepticismo: “Eso no funciona. Nadie va a querer hablar ni reconocer que ha hecho algo. Hay que castigar. Si no hay castigo, los malos quedan impunes”.

Yo les lanzaba preguntas reflexivas, para ver si, en sus jóvenes mentes, se abría la posibilidad del cambio: «¿Realmente creéis que no sirve de nada que alguien se comprometa a hacer algo bueno por otro alguien de manera que se repare el daño? ¿Creéis que es más útil para la víctima que quien le ha molestado esté tres días fuera del colegio? ¿Le repara verdaderamente eso? ¿Y qué pasa después, cuando vuelve? ¿Qué se ha solucionado?»

Los estudiantes reconocían que no se solucionaba nada después, pero así, al menos, había un castigo. ¿Es eso educación en convivencia? Mi lema de “No buscamos culpables, buscamos soluciones” no pareció calar en sus ánimos ávidos de castigos para “los malos”. Seguimos sin avanzar del esquema del bien y del mal, sin preocuparnos de educar en las circunstancias, la empatía y los compromisos reparadores. ¿Queda todo eso para unos estúpidos idealistas entre los que me incluyo?

Sin embargo, en mis observaciones descubro que los profesores agotan las estrategias y energías buscando a los culpables que, normalmente, no salen a la pregunta de «¿Quién ha sido?» Pregunta inevitablemente seguida de un “si no sale el culpable, todos castigados”, en un no entiendo en qué exitoso recurso de castigar a todos los inocentes para “no fallar”. Pésima educación en el Estado de Derecho, donde se prefiere (o eso dice la ley) que un culpable esté en la calle antes de que haya un inocente en prisión. Ley, por cierto, excluida de la escuela por la fuerza de la costumbre.

Mi experiencia, al contrario de esta costumbre, me demuestra una y otra vez que los niños y jóvenes son capaces de hablar de los hechos cuando se tratan como hechos, no como acusaciones. Que son capaces de reconocer qué han hecho o visto cuando se trata de compartir opiniones, experiencias y datos. Que son capaces de entender la filosofía de la solución dando alternativas de comportamientos y comprometiéndose eficazmente en la resolución de los conflictos y la reparación de las personas.

Tal vez resulte difícil de creer tal realidad, pero os aseguro que los ejemplos son de carne y hueso, no fruto de mi idealista imaginación. Entiendo el escepticismo de mis últimos visitados cuando he leído la noticia de la normativa que se quiere implantar para el 2020 en Madrid. Claro, lo siguiente a «si no sale el culpable, todos castigados» es castigar a quien no dice quién es el culpable. Bonita educación. Aunque, con ese razonamiento, ¿quién, en la vida adulta, no se encuentra a diario con situaciones para denunciar? ¿Quién no ha recibido molestias de otro o ha visto que a otro lo molestaban? ¿Quién no ha visto a padres agrediendo a sus hijos o a hijos agrediendo a sus padres? ¿Quién no ha sabido “desde siempre” que en tal o cual casa de mis vecinos el marido pegaba a la mujer “de vez en cuando”? ¿Quién no ha visto insultos o burlas por la calle?

¿Y quién fue corriendo a denunciar o cogió el teléfono para dar la voz de alarma? ¿Cómo exigimos a los jóvenes que hagan algo que los adultos no hacemos? ¿Y qué pasa si el alumno o alumna denuncia y es el profesor o profesora quien decide que eso “no tiene importancia” o “no es así como el alumno lo dice”? ¿Qué recibimiento le espera entonces al «denunciante» entre sus compañeros?

La solución ha de ser otra. Los criterios educativos no pueden ser tan inconsistentes como “que sean los centros quienes determinen la gravedad de las conductas y las medidas a adoptar”, como dice el artículo. No se trata de «dejar impunes», sino de cambiar hacia la cultura del respeto y la responsabilidad solidaria por convencimiento, en vez de por castigo. Si las normas de nuestros dirigentes se dirigen a estimular la denuncia, tengamos cuidado, pues pronto acabaremos todos expulsados…, aunque no sepamos muy bien de qué.

Publicado en educación, mediación.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *